roma en otoño

Todo el mundo te recomienda Roma en primavera. Nadie te habla de octubre, y es un error que se repite viaje tras viaje: el otoño romano tiene algo que ni abril ni mayo consiguen, y es cierta calma. Las colas se acortan, las terrazas dejan de estar todas ocupadas a la vez, y la luz de la tarde —esa luz dorada y baja que en verano ni se insinúa hasta las nueve de la noche— empieza a caer sobre el Foro a media tarde, con el Coliseo entero para hacerte una foto sin veinte cabezas de por medio.

El Clima: ni el calor de agosto ni el frío de enero

Septiembre todavía coquetea con el verano, pero a partir de mediados de octubre las temperaturas bajan a un rango casi perfecto para caminar todo el día: máximas alrededor de 20-22°C, mínimas que empiezan a pedir una chaqueta por la noche. Noviembre ya es otra cosa —más lluvia, días más cortos, y hay que contar con que puede caer un chaparrón sin avisar—, pero incluso así sigue siendo mucho más agradable que el calor pegajoso de julio, cuando el asfalto del centro histórico se convierte en un horno y hacer cola bajo el sol se paga caro.

Un detalle práctico que a más de uno pilla desprevenido: a finales de octubre cambia la hora, igual que en España, así que si viajas justo en esas fechas anochece de golpe mucho antes de lo que esperas.

La Ottobrata Romana: una tradición que se remonta a los romanos

Hay un nombre precioso para lo que estamos describiendo: l’ottobrata romana, la tradicional escapada de octubre que los romanos llevan haciendo desde hace siglos —con raíces, dicen los historiadores, en las antiguas fiestas dionisíacas ligadas al fin de la vendimia—. Durante generaciones, las familias romanas salían de la ciudad en carretas adornadas para pasar el día en los Castelli Romani, las colinas volcánicas al sureste de la capital, celebrando que la cosecha ya estaba en la bodega.

Esa tradición sigue viva, y de hecho es de las experiencias de otoño que menos turista extranjero conoce. El punto culminante es la Sagra dell’Uva de Marino, que se celebra tradicionalmente el primer domingo de octubre desde 1925 —conviene confirmar las fechas exactas cada año, porque en ediciones recientes se ha repartido en dos fines de semana—. Lo más llamativo: durante la fiesta, varias fuentes del pueblo manan literalmente vino en lugar de agua, en recuerdo de una antigua victoria militar celebrada por la familia Colonna. Hay carrozas alegóricas decoradas con uvas, música, y toneladas de uva repartida gratis entre los visitantes.

Si tienes medio día libre, una excursión a Frascati —el pueblo que da nombre al vino blanco que sirven en cualquier trattoria de Roma— o a Castel Gandolfo, con su lago volcánico y la antigua residencia papal de verano, es de las salidas que mejor combinan paisaje, vino y tranquilidad, a apenas 30-40 minutos del centro en tren regional.

Roma sin las Multitudes del Verano

Lo que de verdad marca la diferencia en otoño no es un monumento nuevo, es la ausencia de aglomeración. El Coliseo, el Vaticano o la Fontana di Trevi se visitan con las mismas colas de siempre en temporada alta, pero a partir de octubre esas colas se reducen de forma notable —y con ellas, la sensación de estar viendo Roma en vez de viendo la nuca de quien tienes delante—. Es también la época en la que resulta más fácil encontrar mesa sin reservar en los restaurantes de Trastevere o Rione Monti, algo casi imposible en pleno agosto.

Los Parques se Ponen Dorados

Villa Borghese y Villa Doria Pamphilj cambian de piel entre finales de octubre y noviembre: los plátanos y castaños se tiñen de ocre y caen las primeras hojas, y son de los pocos momentos del año en que Roma se parece, por un rato, a cualquier gran capital europea en otoño. Un paseo por el Parco degli Acquedotti, con los antiguos acueductos romanos atravesando un campo ya dorado, es de esas imágenes que se quedan grabadas más que cualquier monumento de postal.

Qué Llevar en la Maleta

Nada complicado: capas. Las mañanas pueden empezar frescas y las tardes calentar lo suficiente como para quitarte la chaqueta, así que una prenda de abrigo ligera que se pueda quitar y meter en la mochila es más útil que un abrigo pesado. Un paraguas pequeño, sobre todo si viajas en noviembre, y calzado cómodo de suela gruesa —las calles empedradas del centro histórico se vuelven resbaladizas en cuanto llueve.

Scroll al inicio